
Bueno pues he acabado finalmente este entretenidísimo libro, que me ha cogido desprevenido los tres últimos días y por eso voy como voy con el sueño.
Decir que es un libro estilo policiaco o novela negra, en la que los protagonistas son un periodista económico y una hacker. Que por temas de la historia se juntan.
Describe la situación Sueca en general pero es podría ser cualquier pais.
Da datos escalofriantes, en forma de citas en cada capitulo, sobre la violencia de genero en Suecia.
Con buenos personajes, con buena trama, y con mucha crítica al mundo financiero y peridístico.
Lo mejor del libro es su ritmo y la adicción que consigue impregnarte.
Un buen libro para los que le gusten las policiacas y recomendado para regalar.
Dejo el prologo. Sugerente creo yo
Se había convertido en un acontecimiento anual. Hoy el
destinatario de la flor cumplía ochenta y dos años. Al llegar
el paquete, lo abrió y le quitó el papel de regalo. Acto
seguido, cogió el teléfono y marcó el número de un ex comisario
de la policía criminal que, tras jubilarse, se había
ido a vivir a orillas del lago Siljan. Los dos hombres no
sólo tenían la misma edad, sino que habían nacido el
mismo día, lo cual, teniendo en cuenta las circunstancias,
sólo podía considerarse una ironía. El comisario, que sabía
que la llamada se produciría tras el reparto del correo,
hacia las once de la mañana, esperaba tomándose
un café. Ese año el teléfono sonó a las diez y media. Lo
cogió y dijo «hola» sin más.
—Ya ha llegado.
—Y este año, ¿qué es?
—No sé de qué tipo de flor se trata. Haré que me la
identifiquen. Es blanca.
—Sin ninguna carta, supongo.
—No. Nada más que la flor. El marco es igual que el
del año pasado. Uno de esos marcos baratos que puede
montar uno mismo.
—¿Y el sello de correos?
—De Estocolmo.
—¿Y la letra?
—Como siempre: letras mayúsculas. Rectas y pulcras.
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Con esas palabras ya estaba todo dicho, así que permanecieron
callados durante algo más de un minuto. El
ex comisario se reclinó en la silla, junto a la mesa de la cocina,
chupeteando su pipa. Sabía perfectamente que ya
nadie esperaba de él que hiciera la pregunta del millón,
esa que pondría de manifiesto su gran ingenio y arrojaría
nueva luz sobre el caso. Eso ya pertenecía al pasado; ahora
la conversación entre los dos viejos se había convertido
más bien en un ritual en torno a un misterio que nadie en
el mundo tenía el más mínimo interés por resolver.
El nombre latino era Leptospermum (Myrtaceae) rubinette.
Se trataba de una planta bastante insignificante,
con pequeñas hojas parecidas a las del brezo y una flor
blanca, de dos centímetros, con cinco pétalos. En total tenía
unos doce centímetros de alto.
La especie era originaria de los bosques y las zonas
montañosas de Australia, donde crecía entre grandes matas
de hierba. En Australia la llamaban Desert Snow. Más
tarde, una especialista de un jardín botánico de Uppsala
constataría que se trataba de una flor poco común, raramente
cultivada en Suecia. En su informe, la botánica explicaba
que la planta estaba emparentada con la Leptospermum
flavescens y que a menudo se confundía con su
prima, la Leptospermum scoparium, considerablemente
más frecuente, que crecía por doquier en Nueva Zelanda.
La diferencia, según la experta, consistía en que la
Rubinette presentaba, en los extremos de los pétalos, un
pequeño número de puntos microscópicos de color rosa,
que le daban un tono ligeramente rosáceo.
En general, la Rubinette era una flor asombrosamente
humilde. Carecía de valor comercial. No poseía ninguna
propiedad medicinal conocida ni provocaba efectos alucinógenos.
No era comestible, tampoco servía como condimento
y resultaba inútil para fabricar tintes vegetales.
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En cambio, tenía cierta importancia para los aborígenes
de Australia, quienes, por tradición, consideraban sagradas
la región de Ayers Rock y su flora. Por lo tanto, el
único objeto existencial de la flor parecía ser el de alegrar
el paisaje con su caprichosa belleza.
En su informe, la botánica de Uppsala comentaba
que si la Desert Snow era rara en Australia, en Escandinavia
resultaba simplemente excepcional. No había visto
jamás un ejemplar, pero, tras consultar a unos colegas,
pudo saber que se habían realizado intentos de introducir
la planta en unos jardines de Gotemburgo y que,
quizá, a título individual, fuera cultivada en pequeños
invernaderos por amantes de las flores y aficionados a la
botánica. Las dificultades de su cultivo en Suecia se debían
a que requería un clima suave y seco; además, debía
estar en el interior durante la época invernal. El suelo
calizo resultaba inapropiado y, por si fuera poco, necesitaba
que el agua se le suministrara desde abajo, para que
la absorbiera la raíz directamente. En fin, exigía muchas
atenciones.
En teoría, el hecho de que se tratara de una flor poco
común en Suecia tendría que haberle facilitado el rastreo
de su procedencia, pero en la práctica resultaba
una tarea imposible. No había registros en los que buscar
ni licencias que examinar. Nadie sabía cuántos botánicos
o jardineros anónimos habrían intentado cultivar
una planta tan delicada; podía tratarse de una sola persona
o de centenares de aficionados que tuvieran semillas
o plantas. Éstas quizá habían sido compradas personalmente
o por correo a algún floricultor o jardín botánico
de cualquier lugar de Europa. Incluso cabía la posibilidad
de que se hubieran recogido directamente durante
algún viaje a Australia. En otras palabras, identificar a
esos cultivadores entre los millones de suecos con un
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pequeño invernadero o una maceta en la ventana del salón
era una misión imposible.
Aquella flor tan sólo era una más de la larga serie de
misteriosas flores que siempre llegaban en un sobre acolchado
el 1 de noviembre. La especie variaba todos los
años, pero siempre se trataba de flores hermosas y, en general,
relativamente raras. Como de costumbre, la flor
estaba prensada, puesta meticulosamente sobre un papel
de acuarela y enmarcada con un cristal y un marco sencillo
de 29 x 16 centímetros.
El misterio de las flores nunca llegó a ser conocido
por los medios de comunicación ni por el público, sino
tan sólo por un reducido círculo de personas. Tres décadas
antes, la llegada anual de la flor había sido objeto de
análisis no sólo por parte de expertos en huellas dactilares
y grafólogos del Laboratorio Nacional de Investigación
Forense e investigadores de la policía criminal, sino
también por parte de un grupo de familiares y amigos
del destinatario. Ya sólo quedaban tres personajes en
escena: el anciano que cumplía años, el ex comisario y,
naturalmente, el desconocido que enviaba el regalo. Ade -
más, como los dos primeros tenían una edad muy avanzada,
y ya iba siendo hora de que se fueran preparando
para lo inevitable, pronto el círculo se vería aún más reducido.
El ex comisario era un perro viejo bastante curtido.
Jamás se olvidaría de su primera intervención, que consistió
en arrestar a un guardagujas ferroviario, completamente
borracho, antes de que provocara una desgracia.
Durante su carrera profesional había enchironado a
cazadores furtivos, maltratadores de mujeres, estafadores,
ladrones de coches y conductores ebrios. Había tratado
con ladrones y atracadores, camellos, violadores y,
por lo menos, con un dinamitero medio loco. Había paramar
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ticipado en nueve investigaciones de asesinatos u homicidios.
Cinco de ellos fueron el típico caso en el que el mis -
mo homicida llama a la policía y, lleno de remordimientos,
confiesa que ha matado a su mujer, a su hermano o a
algún otro allegado. Tres casos llegaron a ser objeto de investigaciones
más amplias; dos se resolvieron en el plazo
de dos o tres días y uno, con la ayuda de la Brigada Nacional
de Homicidios, al cabo de dos años.
El noveno caso había quedado resuelto desde un
punto de vista policial; es decir, los investigadores sabían
quién era el asesino pero las pruebas no eran determinantes,
de modo que el fiscal decidió no presentar cargos.
Al cabo de algún tiempo, para gran indignación del comisario,
el caso prescribió. No obstante, al volver la vista
atrás el comisario podía contemplar, en su conjunto, una
impresionante carrera, razón por la cual debería sentirse
satisfecho con lo que había conseguido.
Pero se sentía cualquier cosa menos satisfecho.
El comisario tenía una espina clavada con el caso de
las flores prensadas, el frustrante caso sin resolver al que,
sin lugar a dudas, había dedicado más tiempo.
La situación resultaba más absurda aún porque, tras
haberse sumido literalmente miles de horas en profundas
cavilaciones tanto de servicio como en su tiempo libre, ni
siquiera era capaz de determinar con seguridad que se
hubiera cometido un crimen.
Los dos hombres sabían que la persona que había enmarcado
la flor había usado guantes; por eso no se detectaban
huellas dactilares ni en el marco ni en el cristal. Sabían
que sería imposible dar con el remitente. Sabían que
el marco podía comprarse en cualquier tienda de fotografía
o papelería del mundo. Simplemente no había por
dónde empezar. Y el sello de correos variaba; la mayoría
de las veces era de Estocolmo, pero en tres ocasiones provino
de Londres, dos de París, otras dos de Copenhague,
una vez de Madrid, una de Bonn, y otra, el sello más desconcertante de todos.